ABC: Los que cavan de noche: «Aquí todo proviene del voluntariado»

 ABC - JORGE BENEZRA

El edificio Moisés tenía ocho pisos. Ahora tiene dos mitades separadas por una grieta que deja ver el cielo. Está sobre la avenida Los Próceres, frente a la Maternidad Santa Ana, en un barrio donde los vecinos pagaban condominio y se quejaban del ruido. Los terremotos del 24 de junio, lo partieron como se parte un pan seco. El tanque de agua del techo hizo el resto: su peso fracturó la estructura en dos bloques. Protección Civil contó un muerto, 9 rescatados con vida, 19 evacuados. Fue el segundo edificio en venirse abajo por completo en el Municipio Libertador. Junto al Rita y un tercer inmueble reventado, forma una zona cero donde 25 personas salieron de entre los escombros gracias a manos que no pertenecían a ningún organismo oficial.

Las cifras nacionales ya no caben en una frase: más de 1.900 muertos, más de 10.000 heridos, 43.000 desaparecidos. Ochocientos edificios colapsados, 189 por completo. La ventana de setenta y dos horas se cerró el 29 de junio. Después de esa línea, cada cuerpo que aparece es un cadáver.

De noche, la luz de los reflectores le da al aire una densidad de quirófano. Aquí la tragedia no tiene la escala de La Guaira ni la espectacularidad de Los Palos Grandes. Aquí es un edificio convertido en cascajo y, encima, una fila de muchachos en franelas sudadas que pasan baldes de mano en mano. Mujeres con chalecos reflectantes sobre ropa de dormir. Vecinos que hace una semana apenas se saludaban en el ascensor. Alguien instaló una mesa con café y arepas frente a la acera reventada. Los helicópteros, las brigadas internacionales, las cámaras se fueron al litoral. San Bernardino quedó con lo que tenía. Resultó que tenía gente.

Daniela Cordero es fotógrafa. Lleva más de cien horas sin dormir de un tirón y ya no sabe qué día es. Cuatro horas después del primer seísmo salió sola de su casa, caminó hasta el Moisés y lo encontró partido. «Me sentía superimpotente», dice. «Había poca organización entre los voluntarios, era más como que llegar y hacer». Organizó. En una sola noche armó veinticuatro grupos de dieciséis personas rotando turnos de excavación. «Puro chamo, pura gente de la comunidad, adultos mayores. Aquí te puedes encontrar arquitectos, ingenieros, obreros, motorizados, estudiantes. No está importando nada, lo que importa es recuperar los cuerpos y ayudar a la comunidad».

Lo técnico, aclara, lo hacen Protección Civil y los bomberos. «La Alcaldía también ha estado, varios entes gubernamentales aquí, es la realidad». Pero la comida caliente a las tres de la mañana, el agua embotellada, los turnos de descanso, las linternas de repuesto, eso lo pone la gente del barrio. «No me ha faltado comida, no me ha faltado agua, no me ha faltado recursos, porque la propia gente lo ha traído. Eso te habla de una calidez humana increíble».

Jaiber Rico tiene veintidós años. Estudia Estudios Internacionales. Lleva cuatro días durmiendo a ratos sobre un cartón y su cara lo dice todo, pero habla con una firmeza que no corresponde a su edad. Vino porque una amiga tiene familia atrapada bajo el Moisés. «Nadie fue que me mandó, nadie fue que me dijo: mira, tienes que ir a ayudar allá», cuenta. «Cuando me siento en mi cama, en la comodidad de mi casa, no me siento cómodo. Hay personas en la calle que ni siquiera han cenado, no han bebido agua hace cuatro días encerrados en esos bloques».

Jaiber creció oyendo hablar del deslave de Vargas de 1999 como quien oye un mito bíblico. Algo que les pasó a otros. Ahora la catástrofe tiene su propio código postal. Al día siguiente del terremoto se montó en una moto con un grupo de voluntarios y bajó suministros al hospital de La Guaira. Movió escombros con las manos. Intentó sacar gente. «Se hubieran podido evitar muchas muertes si se hubiese actuado antes. Invertir en infraestructura, tener edificios antisísmicos. Mejorar los hospitales».

Miedo e incertidumbre

A pocos metros del Moisés, María Isabel Mijares coordina la alimentación. Lleva repartidas más de 400 comidas calientes. «Las personas que deberían hacerse responsables no están aquí presentes», dice sin levantar la voz. «No he visto a ningún representante del Gobierno aquí. Todo proviene del voluntariado». Del día de la catástrofe recuerda lo mismo que todos: el pánico, la ignorancia, los hijos. «Fue un momento de muchísimo miedo e incertidumbre, porque tampoco tenemos la educación en cuanto a gestionar este tipo de situaciones».

Judelkys Hernández llegó desde San José del Ávila con ollas de comida preparada en su cocina. No esperó instrucciones. «Sentí un gran estrés de ver que se estaba hundiendo mi Venezuela querida». Su hija sobrevivió al derrumbe de su apartamento en La Guaira. Salió caminando entre polvo y vidrios rotos. «Eso lo hicimos entre nosotros mismos, de la comida nuestra. Fue peor que en el 99, porque se derrumbaron todos los apartamentos. Yo nunca había vivido un terremoto».

Hay un rostro que no encaja. Jung Miyakami es japonés, mochilero, llegó hace tres años y se quedó por una mujer y por el país. «Japón también es un país donde hay mucho desastre natural, y siempre con ayuda de ciudadanos hemos adelantado», dice en un español lento y preciso. «Me acordé de 2011, lo que sucedió en Japón. Si hay algo que puedo hacer, quiero hacerlo y ya está». No tiene coche. Buscó cómo llegar al centro de acopio al día siguiente y apareció con una bolsa de víveres. Su quietud tiene la textura de alguien que ya vio temblar la tierra y sabe que lo único sólido es la mano de al lado.

Interceptación de suministros

La solidaridad chocó con el aparato. El 29 de junio, de noche, Miguel Ángel, dirigente de la Federación de Centros Universitarios de la UCV, grabó un vídeo denunciando que siete camiones cargados de suministros fueron interceptados por un organismo de seguridad cuando bajaban desde la Gran Sabana hacia la Universidad Central. «Desconocemos de su paradero, desconocemos de sus choferes», dijo. «Les damos cinco horas para que nos aparezcan los camiones aquí en la Universidad Central». Una estudiante a su lado remató: «Fuimos los estudiantes quienes desde el día número uno nos organizamos. No vamos a permitir que nos retengan los camiones. Los estudiantes no nos callamos».

Esa denuncia no tiene que ver con el grupo de Daniela. Son historias distintas con el mismo fondo: gente joven que actúa y un Estado que, en vez de sumarse, obstruye. En San Bernardino nadie habla de política. La política aquí es pasar un balde, calentar un caldo, alumbrar un hueco con una linterna prestada.

Daniela Cordero lo dice sin adornos: «Esto movió desde adentro lo que es la humanidad. Va mucho más allá de raza, de color, de edades». Un muchacho enciende un cigarrillo, se lo pasa al de al lado, vuelve a la fila de pico y pala. Saben que si alguien va a sacar a los suyos de debajo de esas piedras, van a tener que ser ellos.

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