OIM - Helbert Hernández
“Nosotros vinimos a Colombia porque no conseguíamos el tratamiento de mi niña”, recuerda la venezolana Daidiana Garcés. Su hija nació con una enfermedad del corazón que en su país no pudo tratarse. “Estábamos como amarrados de manos”, dice sobre aquellos meses de incertidumbre que la llevaron a tomar la decisión de migrar a Colombia en busca de una oportunidad para salvarla.
La llegada a Colombia, junto a sus dos hijos pequeños, no fue sencilla. A pesar de tener dos licenciaturas y una trayectoria como docente de Educación Física, el único camino que encontró para sostenerse fue la cocina, un terreno completamente nuevo para ella. “Yo nunca había cocinado”, admite entre risas, recordando cómo sus familiares en Venezuela aún se sorprenden al verla convertida en repostera. Empezó vendiendo quesillos de puerta en puerta, y gracias a la retroalimentación de sus vecinos fue perfeccionando las recetas hasta dar forma a su emprendimiento familiar, Mi Dulce Bendición.
En Colombia, Daidiana encontró de todo: solidaridad y rechazo. Por un lado, vecinos que la aconsejaron para mejorar sus recetas y médicos que finalmente pudieron tratar la condición de su hija. Por otro, episodios de xenofobia que marcaron sus primeros pasos. Recuerda con claridad cuando una profesora le ofreció un empleo en un colegio, pero con una condición: debía ocultar que era venezolana.
“Ella me dijo que no podía decir que era venezolana, que mejor dijera que era cachaca, como llaman a las bogotanas, porque acá se tenía la idea de que los venezolanos eran malos”, cuenta. Esa exigencia la hizo sentirse oprimida, como si su identidad fuera una carga. Pero en lugar de esconderse, tomó el camino contrario: hacerse más visible a través de la acción.
Desde entonces, comenzó a tocar puertas en su propio barrio. Saludaba a los nuevos vecinos migrantes presentándose como parte de la comunidad venezolana. Así fue conectando a las familias con jornadas de salud, actividades para niños y espacios de orientación. Poco a poco, se convirtió en un referente para quienes buscaban ayuda y en un enlace con las organizaciones que llegaban al territorio.
La vocación docente de Daidiana y su determinación por apoyar a otros pronto la llevaron a organizar más actividades. En coordinación con la OIM, la Cruz Roja y otros socios, empezó a promover jornadas médicas, vacunaciones y encuentros comunitarios. Recorriendo las calles, procuraba que nadie quedara fuera de estas iniciativas. Con el tiempo, fue ganando confianza y legitimidad dentro de la comunidad.
Al inicio, casi toda la carga de trabajo recaía sobre sus hombros. Pero Daidiana entendió la importancia de sumar fuerzas. Convocó a un grupo de mujeres migrantes y propuso organizarse: unas se encargarían de ciertas calles, otras de identificar a las familias recién llegadas. Así nació una red de mujeres lideresas que hoy sigue activa.
La red de mujeres lideresas creció rápido. Poco a poco, su propia familia también se involucró. Aunque al inicio su esposo le pedía que pasara más tiempo en casa, terminó acompañándola en las jornadas comunitarias. “Yo con un megáfono y él con los niños al lado”, recuerda entre risas. Aquellas campañas de vacunación y brigadas de salud se convirtieron en un esfuerzo familiar, donde todos aportaban.
El acompañamiento de distintas organizaciones ha sido fundamental en este proceso. Además de acercar a la comunidad a servicios de salud y programas de regularización, también ofrecieron capacitaciones y cursos del Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), donde muchas mujeres aprendieron a elaborar hojas de vida adaptadas al contexto colombiano, adquirieron nuevas habilidades laborales e incluso fortalecieron su autonomía a través de formaciones en temas como violencia doméstica. “Aquí se me ha dado la oportunidad de ser docente, pero también tengo la posibilidad de ayudar a otras personas con esas organizaciones”, afirma Daidiana.
Con el deseo de que su trabajo tuviera cada vez más impacto, Daidiana creó la Fundación Farolitos de Luz. El nombre, explica, refleja la idea de ser una luz para quienes llegan desorientados, como ella lo estuvo en sus primeros días. Hoy combina tres pasiones que parecían opuestas pero que en su vida se entrelazan: la docencia, que le permite organizar y formar a otros; la repostería, que sigue desarrollando con Mi Dulce Bendición, emprendimiento a través del cual inspira a otras mujeres a emprender; y el trabajo comunitario, que canaliza a través de la fundación.
El impacto de este trabajo se refleja en la vida de otras mujeres. Algunas, que antes habían sufrido violencia doméstica y económica, descubrieron nuevas habilidades gracias a los cursos y hoy sostienen a sus familias con pequeños negocios. Para Daidiana, ver esos cambios es tan importante como hacer crecer su propio emprendimiento. Por eso sueña con abrir una franquicia y un carro móvil de churros que le permita llegar más lejos y, sobre todo, generar empleo para más personas migrantes.
Para Daidiana, la resiliencia es un esfuerzo colectivo. “Mi mensaje a todos mis compañeros migrantes es que no se den por vencidos, que sean constantes y que sean resilientes”, dice con convicción.
La experiencia de Daidiana es un recordatorio de que las personas migrantes no llegan con las manos vacías: traen consigo talentos, sueños y una enorme capacidad de resiliencia y, al encontrar oportunidades de integración, se convierten en un motor que fortalece e impulsa a toda la sociedad.


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